martes, 12 de enero de 2016

Para leer en Carnaval

Carnaval. 
Doña Lola y Cacho, su fiel amigo.

Pronto serán 70 años. Vivíamos en Martínez. Varias casas en un amplio predio, todas en alquiler. La nuestra y la de nuestra vecina Doña Lola colindaban y tenían un fondo jardín, huerta, con una hermosa Lippia citriodora, un cedrón añoso, unas de mis alegrías de ese lugar.

Lippia citriodora. Cedrón
Doña Lola poseía un perro blanco, tal vez como este con hocico oscuro y una frescura en todo su ser, Cacho era mi otra alegría. Hasta debería buscar una fotografía donde una niña de apenas dos años enfundada en pantalones, se apoya con una mano en la espalda de Cacho.

Llegó un año el Carnaval y en un barrio de tantas etnias era factible aún el festejo, hasta en la calle principal de Martínez, “la Alvear”, anualmente se instalaba un corso. Nuestros otros vecinos eran italianos, cordobeses, nosotros ucranianos, enfrente de nuestra casa vivían alemanes, italianos y franceses. Y recién en la lejana esquina vivía una familia de argentinos, pero por su apellido tampoco eran de pura cepa, venían de herencia española.

Recuerdo con claridad a Doña Lola saliendo al patio con un pequeñín en brazos, batita bordada, terminación de broderie en los pantaloncitos y una cofia con un lindo moño bien armado. Mi alegría como de costumbre era grande. Doña Lola tienes un hermoso bebé, ¿de dónde lo tienes?

Y se me ocurre acercarme y tratar de acariciarle. Este recuerdo es el primer susto de mi vida. El mentado bebé me ladra y si no lo esquivo hasta es posible que recibiese un tarascón. No podía consolarme era tan bonito así vestido y ahora era el Cacho tan conocido de todos los días...


Cada vez que llegamos al Carnaval recuerdo con mucho cariño a Doña Lola y su carnaval personal con Cachito vestido de punta en blanco, hasta con cofia y moño.




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