sábado, 10 de mayo de 2014

Aprender a caminar - Con ayuda de un broche para tender la ropa.

Así nos contó Susana dentro de nuestras clases del  Instituto Dr. Karl König  de Buenos Aires, profesorado para educación de niños,  jóvenes y adultos especiales.
Se nos pidió que trajésemos fotografías de cuando éramos niños y preparáramos un relato al respecto, estábamos estudiando las relaciones de  las percepciones sensorias, con o sin la vista, con o sin el tacto u otro sentido  y así preparamos cada una su trabajo desde su experiencia.

La más llamativa fue la de Susana, trajo una  fotografía donde se la veía de pequeña caminando hacia la cámara, más lejos detrás de ella la mamá con los brazos extendidos como si  recién hubiese dejado partir  a su niña.

Lástima, dijo Susana, que sólo  tengo el relato que hicieron mis padres de cómo me animé a caminar sin ayuda y no tengo una foto mía de espaldas que lo demuestre, porque yo aprendí a caminar con un broche para tender la ropa, primero con mi madre,  quien por último sólo tenía una punta de mi ropa en la espalda...y yo yendo hacia mi padre quien me esperaba, allí en el patio de mi casa.


Y esta vez,  la de la fotografía,  mi mamá me colocó allí donde siempre ella me sostenía un broche de tender la ropa...y yo estaba así caminando sola por primera vez.  La alegría fue tan grande que me sacaron una foto.


lunes, 5 de mayo de 2014

El traje de Enrique

Dos personajes fueron mencionados en los relatos del señor Habegger: Enrique Lambrechts, un argentino y Volkfried Schuster, un alemán. Quisiera decir algo más sobre ellos.
Yo llegué a Buenos Aires en el año 1962, trasladado al país por la empresa de aviación internacional, en la que trabajaba, sin tener casi ningún conocimiento de la Argentina y menos de la antroposofía. Mi pequeña hija asistía como alumna del segundo grado en el Colegio Rudolf Steiner – una escuela Waldorf alemán-argentina – hasta que en 1967 su maestra fue despedida debido a un conflicto entre los docentes de ese colegio.
La mitad de las familias (las no alemanas) sacaron sus hijos del colegio y fundamos una nueva escuela: Escuela San Miguel Arcángel, en otro suburbio de la ciudad, con la maestra despedida, la Fraülein Annemarie Oehring. (Una de las madres fundadores, Elena Herbón Wedeltoft, después de varios ciclos como maestra de grado, fue fundadora de otra escuela Waldorf: la Escuela Clara de Asís.) 
Así me encontré en medio de tensiones antroposóficas, no sólo entre los alemanes, sino también entre los alemanes y los argentinos.  Los alemanes consideraban a los argentinos como seres humanos todavía inmersos en el alma sensible y los argentinos consideraban a los alemanes como seres que se sentían superiores a los nativos. (Los alemanes tenían la ventaja de tener acceso a la obra de Rudolf Steiner; los argentinos sólo a una pequeña parte.) Como norteamericano a veces me sentía como un llegado de otro planeta.
Como hablaba los dos idiomas, podía ínter-actuar con los dos frentes, pero tendía a favorecer a los argentinos. Solía asistir a veces a las reuniones de la rama San Juan, donde hice amigos, especialmente los Lambrechts, los Pita y los Artuso.
Cuando Enrique Lambrechts murió algunos años después, su mujer, Lidia, me pidió hacer realidad el último deseo de Enrique: entregar su mejor traje a su mejor amigo, Volkfried Schuster, (un “alemán bueno”) ahora residente en Dornach, Suiza. (Ella sabía que yo viajaba con cierta frecuencia a Suiza, a la casa central de mi firma.) Me sorprendió mucho y me emocionó este pedido. Lidia me dijo que el Sr. Schuster les había ayudado mucho en sus estudios de la antroposofía cuando vivía en la Argentina y trabajaba como humilde obrero. El ya se había ido de la Argentina antes de mi llegada, así que no lo conocía.
La casa de diseño orgánico en Dornach donde vivía Schuster era de su hermana, Maria Schuster, ya de avanzada edad, esposa del fallecido Dr. Hans Jenny, médico y pintor suizo. Ella fue una de las euritmistas originales, amiga de Marie Steiner y de Rudolf Steiner. La casa está ubicada cien metros del Goetheanum.
Cuando toqué el timbre, Volkfried Schuster contestó. Me presenté  de parte de Lidia Lambrechts y le entregué el paquete con el traje de Enrique. Volkfried también estuvo sorprendido y se emocionó hasta al llanto. Me presentó a su hermana, que insistió que me quedara en su casa durante mi estadía en Dornach. Durante esa visita y otras me contó de sus experiencias con los Steiner y con la historia de la Sociedad Antroposófica General. Murió muchos años después con más de 100 años de edad. Volkfried y yo fuimos amigos hasta que él también murió. El Traje de Enrique fue uno de los tesoros de su vida.    


Frank Thomas Smith – 28.04.2014            

sábado, 19 de abril de 2014

¿Por aquí vuelan ángeles?


¿Por aquí vuelan ángeles?

De los primeros años de la estadía de Steiner en Berlín, Woldemar Sachs ha relatado lo siguiente:

Cuando debatíamos una vez en la noche, se sentó a nuestra mesa junto a nosotros el inolvidable poeta Peter Hille,  eterno bohemio, y pidió al mozo una taza de café. Todos nosotros sabíamos que Hille nunca tenía dinero y estábamos interesados en saber cómo se escabulliría de la situación...

En este café, aquí no existía la cuenta corriente. A pesar de todo al querer irse llamó al mozo y le dijo: Por favor, ¿Cuánto debo? El mozo le respondió: el café ya está pago, de manera que Hille se da vuelta hacia nosotros y dice ¿Por aquí vuelan ángeles? Quién de ustedes fue. Yo no había sido y Steiner comentó que el estaba agradecido de poder pagar su propio café. Como nadie más estaba en el local, Peter Hille se fue cabeceando. 

Peter Hille 1854-1904

Cuando Steiner y yo dejamos a la madrugada el café, dijo Steiner, quién en aquel entonces  vivía en las afueras de la ciudad, resignado: Hoy tengo que ir a pie a casa y no podré tomar el tranvía. Yo no tenía un centavo tampoco de manera que me ofrecí ser su acompañante. Y cuando ya hacía media hora que caminábamos conversando en la noche, dijo de pronto Rudolf Steiner: Vea usted Saxerl, qué bueno fue que he jugado a ser ángel con Hille – de no ser así ¿Hubiésemos tenido nosotros esta hermosa caminata en la noche?


 Saber dar alegría a otros.

Durante la construcción del Primer Goetheanum  y antes de la primera Guerra Mundial, muchos artistas jóvenes se encontraban trabajando allí en Dornach, Suiza.
A.Biely  1880-1934
Entre ellos varios rusos. Por ejemplo Boris Nikoláyevich Bugáiev más conocido en la literatura rusa  como Andréi Biely, quien siendo escritor también tenía sus horarios para tallar en la obra del Primer Goetheanum.
Biely relata en sus memorias de aquella época una actitud observada por él en Rudol Steiner diciendo: Allí donde podía Steiner era tan amable, tanto para las palabras como para poner su atención hasta en las más insignificantes pequeñeces.

                                                                                                                                                                                                                                                          Nos invitó a cenar donde vivía y despareció de la Villa Hansi; volvió con un gran cucurucho lleno de fresas silvestres frescas, las cuales personalmente había ido a buscar a Arlesheim. El quería darnos la alegría de degustar las primeras frutillas del año.





viernes, 18 de abril de 2014



Modales de conferencista en presencia del público.

Nada de hablar con las manos en los bolsillos del pantalón...


Fred Poeppig 1900-1974
Cuando Rudolf Steiner regresó de Inglaterra en los primeros años, fue de su sastre para que por favor le modificara los bolsillos del pantalón, que se los cosiese,  se los cerrase definitivamente y que posteriormente así debían quedar.

Esto le relató el mismo sastre al euritmista, conferencista y escritor  Fred Poeppig (1900-1974). También tío de mi esposo por parte de su madre. Fred  Poeppig quién en 1920 trajese la Antroposofía a la Argentina y al Brasil, como estudiante de filosofía en la Universidad Nacional de Buenos Aires.

Esto lo hizo hacer Steiner para no caer en un momento embarazoso,  el de colocar durante una conferencia las manos en los bolsillos del pantalón, aquello que había visto en un orador inglés y le había resultado demasiado chocante y fuera de lugar, falto de elegancia y armonía frente al auditorio.



miércoles, 16 de abril de 2014



Tengo que ir a casa porque viene el doctor

Caminos en la vida con Rudolf Steiner, Recuerdos. Por Alexander Strakosch

Relató una vez  Alexander Strakosch ,  ingeniero de ferrocarriles,  la visita privada de Rudolf Steiner que recibiesen su mujer Maria (una alumna de Wassily Kandinski) y él en Viena, Austria.


Rudolf Steiner se había anunciado para las 12:00 y estaba sorprendido cuando  lo recibo en la escalera, o sea verme ya en casa,  pues  Steiner sabía muy bien que en Ferrocarriles Austríacos recién a las 12:00 comenzaba la pausa del  almuerzo. Sonriente me preguntó cuál fue el motivo que aduje para salir antes, cuando yo le respondí “Tengo que ir a casa pues viene el doctor” allí me amenazó con el dedo índice levantado, riendo de corazón, “Pero eso es “Gejesuitelt”= jesuitear”.  Lograr la meta sin preocuparse por los medios.


Teoría relacionada con los simios

Rudolf Steiner también acostumbraba en sus conferencias referirse a alguna anécdota humorística de la época. Y cuando estaba tratando la descendencia humana, frente a los Trabajadores del Primer Goetheanum, la mayoría carpinteros y especialistas en las construcciones de madera, relata también un episodio que estaba en boga en aquel entonces.


“Las personas sencillas a veces no pueden hacerse una idea clara de la descendencia- Uno sólo tiene que recordar a aquel mocoso que llega a su casa—el maestro había aclarado justamente este tema y porque estaba imbuido de la novedosa ciencia: Los hombres descienden del mono—y dice. Hoy he aprendido algo maravilloso: Los hombres descienden del mono—Allí el padre responde: Tú,  joven y tonto, esto puede ser tu caso, pero no el mío!"